Jorge Martín Perdomo volvió a escribir desde prisión. En una carta enviada a su familia, el preso político del 11J habla de dolor, fe, incomunicación y resistencia. También denuncia las condiciones que enfrenta mientras atraviesa una crisis de salud.
El mensaje no se limita a describir su estado físico. Jorge reflexiona sobre la injusticia que vive y el fracaso del sistema cubano. También rechaza dejarse consumir por el odio.

Una carta escrita en medio de más incomunicación
Jorge explica que aprovechó la posibilidad de enviar unas líneas mediante un mensajero. Cuenta que llevaba tiempo sin escribir. También admite que hacerlo resulta incómodo por las condiciones en las que se encuentra.
Además, advierte que la comunicación con su familia podría empeorar. Según relata, las autoridades planean retirar el teléfono del penal para trasladarlo a otra prisión. Jorge recibe esa noticia con una frase breve: “Sin palabras”.
La posibilidad de quedar todavía más incomunicado añade otra carga a la familia. Sus seres queridos dependen de cada llamada e información que logra salir.
Jorge describe una crisis por una hernia discal
Uno de los puntos más preocupantes de la carta es su salud. Jorge asegura que sufre una crisis relacionada con una hernia discal. Dice que el problema de su columna lleva tiempo y necesita otro tratamiento.
Sin embargo, afirma que no cuenta con atención especializada dentro del penal. “Aquí no hay médicos, mucho menos especialistas”, escribe. Ante esa situación, asegura que solo puede guardar reposo y esperar.
También descubrió que la litera donde duerme está desnivelada. Calcula una diferencia de unos cinco centímetros y cree que podría agravar el dolor. Aun así, intenta tranquilizar a su madre y promete buscar otra cama.
La enfermedad lleva la carta hacia una denuncia política
El dolor físico abre paso a una reflexión mucho más profunda. Jorge afirma que momentos como este aumentan su percepción sobre la injusticia que vive.
Critica a quienes gobiernan Cuba y los acusa de mantenerse desconectados de la realidad del pueblo. También cuestiona un sistema que acumula problemas sin ofrecer soluciones. Frente a décadas de promesas, lanza una expresión clara: “¡Basta ya!”.
La carta muestra una realidad difícil de ocultar. Una prisión puede restringir movimientos, llamadas y visitas. Sin embargo, no impide que alguien cuestione aquello que considera injusto.
“Es mejor llorar con amor que con odio”
La parte más íntima del mensaje aparece cuando Jorge habla de su hermano. Le pide que continúe aferrado a la cruz y a la fe que ambos comparten.
En lugar de alimentar la rabia, propone otra respuesta. Habla del amor como un bálsamo frente al odio. Entonces escribe una de las frases más fuertes de toda la carta: “Es mejor llorar con amor que con odio”.
También cita un pasaje del libro de Job sobre la esperanza y la certeza de que su Redentor vive. Explica que esas palabras quedaron marcadas en su espíritu durante sus noches más difíciles.
Fe, familia y resistencia desde una prisión cubana
Jorge cierra su carta dirigiéndose a toda su familia. Les entrega simbólicamente su corazón y resume su mensaje en tres palabras: fe, esperanza y amor.
La despedida incluye otra frase cargada de simbolismo: “Mi honda es la de David”. La referencia presenta su lucha como la de alguien que enfrenta una fuerza mucho mayor.
Su mensaje también expone el costo humano del encarcelamiento. Hay una madre esperando noticias. Hay un hermano también preso. Y existe una familia obligada a buscar cualquier vía para comunicarse.
Una carta que obliga a recordar
El contraste hace que sus palabras tengan todavía más peso. Jorge escribe con dolor físico y teme quedar más incomunicado. Sin embargo, dedica buena parte de la carta a pedir amor, fe y esperanza.
También deja una dura crítica al sistema político cubano. Después de décadas de promesas, muchos de los problemas que denuncia siguen afectando la vida diaria dentro de la isla.
Jorge Martín Perdomo vuelve así a poner un nombre y un rostro detrás de las estadísticas sobre presos políticos. Su carta recuerda que cada encarcelamiento alcanza también a padres, hijos, hermanos y familias enteras.
Recordar a estas personas no debería depender solamente del momento en que aparece una nueva denuncia. Cada nombre representa años de vida que no regresan.
Su mensaje llega desde prisión, pero no transmite rendición. Habla de dolor sin esconderlo. Habla de injusticia sin suavizarla. Y, sobre todo, insiste en no permitir que el odio termine venciendo.