El trabajo infantil en Cuba se está expandiendo peligrosamente en medio de la profunda crisis socioeconómica y migratoria que golpea a la isla. Cada vez más niños y adolescentes se ven forzados a asumir tareas de adultos, vendiendo alimentos en las calles, cargando mercancías y recolectando desechos, en un contexto de creciente desprotección y violencia.
El Food Monitor Program (FMP), organización independiente que monitorea la inseguridad alimentaria en Cuba, alertó que la venta ambulante de alimentos, antes dominada por adultos desde la crisis de los años 90, ahora cuenta con una preocupante participación de menores. Según FMP, muchos de estos jóvenes son criados por sus abuelos en un país que sufre un grave envejecimiento poblacional, producto del éxodo migratorio masivo y el fracaso de las políticas comunistas.
La ausencia de los padres, emigrados en busca de mejores oportunidades, ha vaciado los núcleos familiares, dejando a los menores al frente de las responsabilidades económicas. Esta práctica se está naturalizando dentro de una cultura de mera supervivencia, consecuencia directa del fracaso económico del sistema comunista, que ha sumido al país en una pobreza multifactorial.
Los peligros del trabajo infantil en las calles cubanas
Algunos niños trabajan hasta altas horas de la noche vendiendo pan o dulces en zonas periféricas bajo condiciones de poca iluminación o en medio de apagones, lo que incrementa gravemente su exposición a la violencia y otros peligros. Este tipo de explotación infantil viola los derechos fundamentales de la infancia, limitando su desarrollo físico, emocional y educativo.
Mientras el régimen sigue culpando al embargo, la realidad es que la ineficacia del modelo comunista es la principal causa de la miseria que obliga a los niños a trabajar. La falta de oportunidades de recreación, el deterioro del sistema educativo y la inseguridad alimentaria profundizan el círculo de la pobreza infantil en Cuba.
Reconocimiento tardío y sin soluciones del régimen
En 2024, el propio Miguel Díaz-Canel reconoció públicamente la existencia de fenómenos como el trabajo infantil, la mendicidad y el acoso a turistas, contradiciendo la propaganda oficial que siempre presentó estos problemas como “erradicados por la Revolución”. Sin embargo, estas admisiones no se han traducido en políticas efectivas, quedando como simples palabras en medio del colapso generalizado.
Aunque la legislación cubana prohíbe el trabajo infantil, la falta de acciones concretas y el silencio institucional confirman el desinterés del régimen en proteger a los menores. Algunas instituciones educativas, como el IPU-Cuqui Bosch y la Secundaria Básica Espino Fernández en Santiago de Cuba, han reportado casos, al igual que la prensa oficialista en Las Tunas, que publicó el reportaje “Trabajo infantil: el ocaso de los sueños”. Estos reconocimientos aislados no disimulan la inoperancia de un sistema que prioriza el control político por encima del bienestar de su pueblo.
En definitiva, el trabajo infantil en Cuba se ha convertido en otro triste reflejo de la miseria estructural generada por el comunismo. Un fenómeno que, lejos de disminuir, se agrava con el paso del tiempo mientras el régimen continúa aferrado a un modelo económico fracasado.