Los masones cubanos decidieron plantarse con firmeza para defender la soberanía de su Gran Logia frente a la descarada injerencia del régimen comunista. La crisis estalló cuando el destituido Mayker Filema Duarte, aliado del poder, trató de perpetuarse en el cargo suspendiendo elecciones internas. Esto desató la indignación de los masones, quienes, en una sesión legítima, lo expulsaron y nombraron a Juan Alberto Kessell Linares como nuevo Gran Maestro.
Sin embargo, el gobierno cubano, lejos de respetar la autonomía de esta centenaria institución, respondió con amenazas. El Ministerio de Justicia, encabezado por Miriam García y con el respaldo de la viceministra Lilia María Hernández, desconoció la decisión interna y apoyó a Filema. Luego, en un acto aún más autoritario, impuso a Lázaro Cuesta Valdés como Comendador del Supremo Consejo, reemplazando a un dirigente crítico del sistema.
Amenazas, cierre de logias y represión policial
Los masones no cedieron. Ante la imposición del régimen, rechazaron cualquier intento de control externo, reafirmando que la Gran Logia de Cuba es soberana y se rige solo por su Constitución. El gobierno comunista respondió endureciendo su postura: amenazó con congelar las cuentas bancarias de la organización y retirarles el estatus legal si no aceptaban al líder impuesto.
Mientras tanto, Filema y sus leales ordenaron el cierre de todas las logias del país. Esto obligó a los masones a reunirse en plena calle, frente a la estatua de Carlos Manuel de Céspedes, custodiados por policías que vigilaban cualquier muestra de independencia.
Durante una manifestación pacífica en junio, varios masones, incluido el Gran Maestro electo Kessell Linares, fueron arrestados y advertidos por la Seguridad del Estado. Pese a esto, los hermanos continuaron entonando el himno nacional, demostrando que su lealtad está con los principios fundacionales de la masonería, no con las imposiciones del Partido Comunista.
La masonería cubana enfrenta su mayor desafío en décadas
Tras el escándalo de corrupción en 2024 que salpicó al anterior Gran Maestro Mario Urquía Carreño, la masonería cubana vive ahora una crisis más profunda: un asalto directo del régimen a su independencia. Pero, a diferencia de aquella vez, hoy la respuesta ha sido unidad, resistencia y compromiso con sus juramentos.
“Por encima de todo, somos guardianes de esta institución. La masonería no vive en los muros que el gobierno intenta cerrar, sino en nosotros que la ejercemos con dignidad”, afirmó un hermano. Así, los masones cubanos se convierten en otro símbolo de desafío contra el comunismo, defendiendo su libertad asociativa frente a un Estado acostumbrado a controlar y reprimir.