Marrero admite que gobernar desde reuniones fracasó en Cuba

Marrero admite que gobernar desde reuniones fracasó en Cuba al reconocer públicamente que el país no puede seguir siendo dirigido a base de informes, encuentros formales y discursos vacíos. El primer ministro lanzó esa afirmación en reuniones provinciales, en medio de una crisis económica y social que evidencia el colapso del modelo de gestión estatal.

El reconocimiento llega tarde y sin asumir responsabilidades. Durante años, el régimen ha gobernado desde oficinas, burós y salones climatizados, mientras la realidad en la calle se deteriora. Ahora, cuando el desgaste es inocultable, Marrero intenta cambiar el tono sin cambiar el sistema.

“No se puede seguir dirigiendo desde reuniones e informes; hay que dirigir en la calle, junto al pueblo”, dijo ante funcionarios locales. La frase, lejos de ser una autocrítica real, confirma el divorcio histórico entre el poder y la vida cotidiana de los cubanos.

Un sistema atrapado en papeles y consignas

Marrero admite que gobernar desde reuniones fracasó en Cuba, pero evita mencionar que ese método es consecuencia directa de un modelo excesivamente centralizado. Durante décadas, el país ha sido administrado a golpe de planes, reportes y orientaciones que rara vez se traducen en soluciones concretas.

Los municipios siguen sin autonomía real, sin recursos y sin capacidad de decisión. Aun así, se les exige resultados mientras todas las decisiones importantes se toman desde arriba. El problema no es la ausencia de dirigentes en la calle, sino un sistema que no permite actuar fuera del control político.

La insistencia en “dirigir en la calle” contrasta con la práctica cotidiana del régimen, basada en controles, inspecciones y vigilancia, no en escuchar ni responder a las necesidades reales de la población.

Dirigir “en la calle” sin cambiar el poder

El llamado de Marrero no implica descentralización ni apertura. Deja claro que no se tocarán las bases del sistema socialista ni la estructura de poder. En la práctica, significa trasladar la presión hacia los cuadros locales, sin otorgarles herramientas reales para transformar su entorno.

El discurso coincide con mensajes similares del presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez, quien también ha pedido salir de los despachos y “pensar diferente”, siempre dentro de los mismos límites ideológicos.

Así, el régimen reconoce el fracaso de gobernar desde reuniones, pero se niega a desmontar el aparato burocrático que convirtió la política en un ejercicio de papeles, consignas y simulación.

La calle como escenario, no como solución

Marrero admite que gobernar desde reuniones fracasó en Cuba, pero su propuesta no apunta a empoderar al ciudadano ni a permitir control popular real. Se trata de un cambio de forma, no de fondo, en un momento en que la presión social y económica obliga al Gobierno a modificar su discurso.

Mientras no se permita iniciativa, autonomía y rendición de cuentas, salir a la calle será solo un gesto simbólico. El problema no es dónde se gobierna, sino para quién y con qué reglas.