La escasez de medicinas marca hoy la vida de millones de cubanos. En pleno repunte de dengue y chikungunya, el ministro de Salud Pública celebró el Día del Trabajador Farmacéutico, pese a que el sistema estatal no logra garantizar ni los medicamentos más básicos. La contradicción entre discurso y realidad vuelve a evidenciar la ineficiencia estructural del aparato sanitario.
El país acumula más de 31.000 casos sospechosos de chikungunya distribuidos en casi todas las provincias. Las autoridades admiten la circulación simultánea de varios virus y la presencia de pacientes graves, incluidos numerosos niños. Sin embargo, en vez de ofrecer soluciones concretas, el ministro se limita a mensajes protocolares mientras las farmacias continúan vacías.
Los cubanos afrontan esta crisis sin analgésicos, sin sueros rehidratantes y sin acceso estable a antibióticos. Muchas familias deben improvisar tratamientos caseros porque el Estado no garantiza productos elementales. El propio MINSAP ha recomendado sueros hechos en casa ante su incapacidad de producirlos. Esta situación prolongada revela un modelo incapaz de planificar insumos médicos y de responder a emergencias epidemiológicas.
Epidemia, falta de transparencia y deterioro del sistema
A pesar del colapso sanitario, el ministro afirma que la atención depende de la “organización y capacidad resolutiva” de hospitales y policlínicos. Pero esas instituciones operan con plantillas incompletas, tecnología obsoleta y falta de medicamentos crónica. La escasez de medicinas se convierte así en un obstáculo directo para salvar vidas, mientras el régimen evita publicar datos detallados que expliquen la magnitud real del brote.
Más de 5.700 personas permanecen ingresadas por sospecha de chikungunya, la mayoría en sus hogares por falta de camas. Entre los pacientes graves y críticos se encuentran niños menores de 18 años, un indicador alarmante para un sistema que durante décadas se presentó como “potencia médica”.
Lo que aún no aclara el régimen es cómo piensa enfrentar el avance de los virus con farmacias desabastecidas, sin laboratorios suficientes, con brigadas de fumigación reducidas y sin presupuesto transparente. Tampoco hay información sobre inversiones o planes de emergencia. La narrativa oficial insiste en discursos de resistencia, pero evita asumir responsabilidades por la precariedad que agrava la crisis.